viernes, 31 de marzo de 2017

La nota

Ella y yo habíamos estudiado juntos desde siempre. 

Nuestros padres eran amigos de toda la vida, con ella siempre fue; la misma escuela, el mismo instituto, el mismo club, los mismos amigos y mi madre asegura que hasta el mismo hospital. Nacimos el mismo mes. El mismo año. Y coincidir en las clases de arte, en los mismos cursos de pintura, diría que nacimos también con los mismos gustos. 

Yo tenía miedo de acercarme a ella. Pánico. Un pánico irracional que yo no estaba acostumbrado a manejar, y era irracional porque ella siempre estaba ahí. Me sentía como un bicharraco feo a su lado, como si necesitara de un corcel blanco y un traje de gala para cuando me tocara ponerme a su lado. Recuerdo que al principio de todo, ella me miraba y como yo solía ser la vergüenza andante de la clase, su mirada lastimera bastaba. 
Y me bastaba. 

Un día todo cambió. En el último año. 

Abrí la puerta del salón, sentí un ruido sobre mí y no supe más. Perdí la noción del tiempo, de lo que sucedía. Me habían vaciado una lata de pintura. Una broma más de fin de curso. 

Me parecía increíble. Traía conmigo todos mis dibujos de ella, todos. Y todos arruinados. Y lo más inconcebible, ella se reía también. Lo disfrutaba junto a los demás. Reía de mi desgracia, que no era más que perder mis dibujos de ella, de su maldito rostro hermoso, ahora embarrados de pintura, perdidos para siempre.

El día anterior le había pedido ir al baile. Me dijo que no iba. Que esos eventos no era de su estilo. 

Cuando por fin me saco toda la pintura y pongo en un bote de basura todo lo que me arruinaron esos imbéciles, la veo, tomada de manos con un tipo que no era del colegio, efectivamente, llevaba chaqueta universitaria. Se empezaron a besar. Sus amigas murmuraban que irían juntos al baile. 

No aguanté más y me fui a mi casa. 
Esperé y pensé. 

Días después, no la encontraban, no llegó al baile, no estaba en casa de ninguna amiga o familiar y  había sangre en la entrada de su casa. Estaban desesperados buscándola. 

Fingí no haberla visto luego del colegio. Y los primeros días pude con la farsa. Pero como ya no aguanto más, quiero ser sincero y decir que sentí su sangre, peiné su cabello dorado y que está enterrada en el patio de esta casa. Y su cabeza, guardada en un bol debajo de mi cama. 

Me voy con ella para que todo duela menos.
Perdón.



martes, 28 de marzo de 2017

¿Por qué?


Mis gritos de alegría eran eufóricos, abrazado cantando con los míos, el partido era nuestro, sólo veía el cielo estrellado, iluminado por aquella hazaña. Bufandas y serpentinas revoloteaban entre nosotros mientras las chicas con sus pompones coreaban nuestros nombres sin parar. La copa ¿era más grande que yo? Dorada, con un águila que brillaba como un sol.

Abrí los ojos.

-Putamadre. Él estaba ahí desnudo y riendo.
-¡Arriba hijo de puta! -¿soñando con un pivón? ¿Madrugada de pajas?
Caí tristemente en cuenta, estaba en la residencia todavía, el partido sería esta noche. El tonto de Migue me lanzó esta vez mi casco. -¡Duro, hoy ¿eh?!

¿Duro hoy? Sí.
Me levanté con la pesadez a tope y sentí tensarse mis músculos, se transformó todo rápidamente en ansiedad. Si queríamos esas becas teníamos que ganar sí o sí. Caminé hacia las duchas y vi una sombra en el espejo. ¿Nada?
Luego, un ruido.
¡Migue, gilipollas! –grité mientras me estaba metiendo en el agua.

El ruido invadió la habitación. Era estridente. Y fácil de reconocer, cuchillas girando.
Empecé a temblar. No por el ruido. Sino por la cara desconocida. Yo no conocía aquél rostro. ¿Quién era ese hombre? Me estaba sonriendo de una manera tan enferma. Ofreciéndome la motosierra. Me hizo un gesto de ¿no la quieres? ¿No?

La apagó. Yo quería gritar pero no sé por qué no pude.
Se hundió el arma en el pecho hasta hacerse sangrar. Probó su sangre sin dejar de mirarme. Temblé tanto que podía haberme muerto ahí en seguida. Debí haberme muerto ahí. Me ofreció probar su sangre. Creo que empecé a llorar. Sollozaba como un niño.

No me podía mover y el agua me corría, se me hacía una heladera rocosa, yo sabía que quería matarme pero se me nublaba la cabeza. El pensamiento se hacía más fuerte mientras él caminaba hacia a mí y se hacía un gigante. ¿Por qué? ¿Dios, por qué? Pensaba en Dios y le pedía, prometía ser bueno para siempre si despertaba de esta horrible pesadilla. Con toda mi fuerza me aferré a las baldosas.


Dos años después he venido al colegio. Se juega el mismo campeonato. Y estoy en el mismo vestuario. No entiendo. Aquél tipo me robó todo. Mientras el director empuja mi silla, sigo preguntándome ¿por qué?




¿Por qué?

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