domingo, 12 de abril de 2015

Favela

Entro y la veo, era Favela.

Con ese cuerpo acanillado y flacucho. Los jeans ajustados ahí debajo de esas harapientas caderas. Con ese aspecto hippie- urbano-me drogo y-follo todo al mismo tiempo. Me sonrió emperrada, con esos dientes amarillentos. Pero sinceramente, admiraba toda esa mierda. Vivía cerca del bar, en un anexo color crema donde había puras porquerías que dibujaban los drogadictos del museo, con quienes bebía y follaba. Vivía su vida, llena de inmundicia y acartonada cultura. Más barrio, calle y coñazo que otra cosa. No había Paris, Florencia o Estambul, sus delirios europeos.  Favela trabajaba en una revista como fotógrafa, escribía para un diario, ilustraba con grafitis, tocaba en el bar viejo, frecuentaba el museo y armaba toda esa parafernalia feminista en las radios.
Hacía tantas cosas que parecía no disfrutar ninguna o no conseguir lo que quería al cabo de terminarlas. La recuerdo en sus discursos agitadores en la universidad con sus rizos ‘ensombrillados’, horribles, llevaba una falda corta y un cigarro en la mano, los dedos punzones y el esmalte raido, se agitaba sin parar con esos ojos grandes perdidos en las gentes, en las paredes, en las ideas. Yo acababa de pelear con Romina. Sabía que acabaría en su cama. Me lo chupaba, no se oponía. Favela era raramente sexy, inteligente, culta y diligente, en un mundo donde la cara no importaba. Pero no en mi mundo, ahí no. Un cuarteto de cuerdas estaba saliendo del bar, me fui tras ellos con la idea de pagarles para ir a ver a Romina. Yo quería follar.


Favela quería ser la Sontag del pueblo, del barrio. Fumar, beber y escribir y ser buena, pero no lo era. Estando en su cama vi el esquema de su jodida vida: fumaba para inspirarse, escribía mierdas, las leía, entendía lo que eran y bebía hasta que asimilaba. Salía al bar y se metía un porro. Volvía y me lo chupaba. Siempre culpé en silencio a su muerta madre por todo eso, no conocí a la señora, pero tenía una foto que alcanzaba a ver cuando ella se concentraba entre mis piernas, en algo tenía que reparar mientras tosía toda esa mierda que se había metido. Follábamos hasta calentarnos las vísceras y las enfriábamos  viendo una réplica del techo de la Capilla Sixtina que más bien era aquello un dripping sin Pollock, lo hicimos juntos cuando estábamos en la universidad. Fumábamos y lo mirábamos al retozar. Delirios de jóvenes pseudocomunistas con sueños inalcanzables. Pero mi escritorio aburridamente burocrático me pagaba más que la colecta de un semáforo o los retratos de turistas en la plaza. El arte no pagaba, no llenaba. Ni a ella misma, lo acompañaba con vino, con un buen follón, un trío de extraños, un viaje sin maletas, perderse en un lugar, acabar con el pudor, pero el arte no. Miraba la hora, Romina me esperaba. Me vestía y pensaba, por fin lo comprendí, el ‘insight’ vino a mí: ¡esta inmundicia es el arte de Favela! Pero no se lo dije. Ni se lo diré jamás. No quiero que encuentre regocijo. No quiero que sea feliz: como yo.


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