jueves, 15 de octubre de 2015

A hurtadillas

A hurtadillas corre el viento en contraria dirección, sin cesar,  ni hacer reparos frente a los agujeros negros que están en mi corazón.

A hurtadillas se va la esperanza, cuando las lágrimas se niegan a retroceder.
A hurtadillas se va el miedo, cuando solo las sobras habitan en el cuarto oscuro de mi alma.
A hurtadillas me voy de mí. Sin pelear por lo que quiero, sin fiereza de esas natas como las sagas de un guerrero.

A hurtadillas, sale el sol, tormento de mi mañana, cuando en el espejo me vejo en medio de las consecuencias de mi resaca.


A hurtadillas me voy con mi desdicha, hacia la puerta, por donde huiste, a encontrar un sendero que soporte los embates, sin recelos ni hastíos, en busca de la maraña del amor. Y sin miedo more en ella, como habita el guerrero, el de bravo (o indolente) corazón.


Respeto poético

No busques respetos poéticos, porque manchan el alma.

No busques amores poéticos, porque la soledad y su ausencia te matan.

No busques besos perfectos, porque los mejores amantes son dueños de labios venenosos que atrapan.

No pidas flores frescas, hay amantes de tienen seca el alma.
Deja que llegue la simpleza, que te amanse el sentimiento, poco a poco, sutileza, llega la perfección.

 Los momentos lentamente, van agotando al corazón, ritmo, pausa, escríbelos. Llena de flores y poemas el lado rosa de tu mente.

No te engañes con amores, a los que les fabriques sus sueños.

Cerrad los ojos, a soñar, martillo y clavos, todos en parejas, sí señor.

Ansiedad

Ansiedad verduga, ansiedad latente, siempre carente, magullas mi entero dormir.

Ansiedad agresiva, me has de tener cautiva bajo los preludios del horror.

Ansiedad de fríos, concedes hastíos a mi repulsivo carácter, que indómito pelea, cual fuerza y flaquezas no pueden acceder al periscopio de tu lucha, yo me inmuto del dolor.

Palabras graves, las que simulas, para romperme en mis fueros, partirme en dos.

Ansiedad de siempre, no te necesito, porque eres camino de corto porvenir.

Ya no estás ni en sueños, te rompo, cobarde, huyes por la tarde, como si fueses un sol.







domingo, 12 de abril de 2015

Favela

Entro y la veo, era Favela.

Con ese cuerpo acanillado y flacucho. Los jeans ajustados ahí debajo de esas harapientas caderas. Con ese aspecto hippie- urbano-me drogo y-follo todo al mismo tiempo. Me sonrió emperrada, con esos dientes amarillentos. Pero sinceramente, admiraba toda esa mierda. Vivía cerca del bar, en un anexo color crema donde había puras porquerías que dibujaban los drogadictos del museo, con quienes bebía y follaba. Vivía su vida, llena de inmundicia y acartonada cultura. Más barrio, calle y coñazo que otra cosa. No había Paris, Florencia o Estambul, sus delirios europeos.  Favela trabajaba en una revista como fotógrafa, escribía para un diario, ilustraba con grafitis, tocaba en el bar viejo, frecuentaba el museo y armaba toda esa parafernalia feminista en las radios.
Hacía tantas cosas que parecía no disfrutar ninguna o no conseguir lo que quería al cabo de terminarlas. La recuerdo en sus discursos agitadores en la universidad con sus rizos ‘ensombrillados’, horribles, llevaba una falda corta y un cigarro en la mano, los dedos punzones y el esmalte raido, se agitaba sin parar con esos ojos grandes perdidos en las gentes, en las paredes, en las ideas. Yo acababa de pelear con Romina. Sabía que acabaría en su cama. Me lo chupaba, no se oponía. Favela era raramente sexy, inteligente, culta y diligente, en un mundo donde la cara no importaba. Pero no en mi mundo, ahí no. Un cuarteto de cuerdas estaba saliendo del bar, me fui tras ellos con la idea de pagarles para ir a ver a Romina. Yo quería follar.


Favela quería ser la Sontag del pueblo, del barrio. Fumar, beber y escribir y ser buena, pero no lo era. Estando en su cama vi el esquema de su jodida vida: fumaba para inspirarse, escribía mierdas, las leía, entendía lo que eran y bebía hasta que asimilaba. Salía al bar y se metía un porro. Volvía y me lo chupaba. Siempre culpé en silencio a su muerta madre por todo eso, no conocí a la señora, pero tenía una foto que alcanzaba a ver cuando ella se concentraba entre mis piernas, en algo tenía que reparar mientras tosía toda esa mierda que se había metido. Follábamos hasta calentarnos las vísceras y las enfriábamos  viendo una réplica del techo de la Capilla Sixtina que más bien era aquello un dripping sin Pollock, lo hicimos juntos cuando estábamos en la universidad. Fumábamos y lo mirábamos al retozar. Delirios de jóvenes pseudocomunistas con sueños inalcanzables. Pero mi escritorio aburridamente burocrático me pagaba más que la colecta de un semáforo o los retratos de turistas en la plaza. El arte no pagaba, no llenaba. Ni a ella misma, lo acompañaba con vino, con un buen follón, un trío de extraños, un viaje sin maletas, perderse en un lugar, acabar con el pudor, pero el arte no. Miraba la hora, Romina me esperaba. Me vestía y pensaba, por fin lo comprendí, el ‘insight’ vino a mí: ¡esta inmundicia es el arte de Favela! Pero no se lo dije. Ni se lo diré jamás. No quiero que encuentre regocijo. No quiero que sea feliz: como yo.


Necesito

Necesito más que el néctar de tus labios.

Necesito lo caliente de tus brazos, tu pueril y ardiente piel.

Necesito quemarme en tu infierno desaforado, ensordecerme con tus gemidos, tumbada a tu lado a consecuencias de tus cumplidos.

Necesito de tus maldades, pues las cometes con novedades sin aminorar en canalladas, ni reparando en mis bondades.

Necesito el grosor de tu billetera, que me cierra la boca a diestra suelta.

Necesito de mi enero con fiebre, el que aumenta tu ferocidad retorcida, consabida por mi vientre y perpetrada en tu cama.

Necesito tu arrogancia, pues es la fuerza de hombría que me somete a desagravio.

Necesito la leche en mis labios de las aventuras carentes de poesía, porque me exalta más romperla, desgarrar los cuadros tontos y escupirlos sin morales atavíos.

Necesito apagar la música que interrumpen mis gemidos, que no me deja gritar, nadie escucha sus latidos.


El cuerpo de mi amante yace frío


Desatino

Dibujemos  tus besos rotos,  que no se cansan, que son penosos

Coloreando mí desatino con el destino.

Cansada de las mismas modas, de las penurias y tontas bromas.

Hastiada de tus tonadas, frente al piano cada mañana.

Agotada de ser tu esposa, pongo la mesa, pongo la torta.

Abrumada de tus gemidos, más me deprimo si son fingidos.

Al borde de  tus momentos, con tanta gloria, mi gran tormento.

Al borde de tus bostezos, abres la boca, cierras tu cerebro.

Al borde de tus palabras, tan vacías, tan cóncavas.

Al borde de tus silencios, más si lo rompes, te haces un necio.

Y si me largo, sino te encuentro, soy heroína, ¡tanto me tiento!

Y si me mudo, sino te miro, seré feliz, así sin yugos.

Y si no lo escribo, si lo ejecuto, si lo llevo a cabo, no más te aviso.


Y si lo hago, dejo esto en blanco, ya me estoy yendo, lo estoy haciendo.

martes, 3 de marzo de 2015

¡Firmad!

…Por eso es que en otras eras, en otros tiempos, a otros ritmos, nunca has podido seguirme la mirada y evitas tocarme porque la piel se te vuelve un sendero lleno de fuego.

Ya sé, lo supe esa noche en la playa, cuando la singularidad perdí y aunque tú sabes que es así, fuiste buena para fingir. Pero a veces lo olvidabas…

Si en mi cama despertabas; te vestías, te calzabas, con tu abrigo te arropé, pellizcando tus mejillas. Salías con tan poco maquillaje dispuesta a mentir, segura que en tu mundo solo conducías tú. Tu sonrisa me convenció sobre la calentura de mis manos,  eran la carretera olvidada que siempre de memoria recorriste. Entre mis dedos olvidaste, mientras amarte en lo prohibido, de algún modo me gustaba. Buen cigarro de dolor.

Debajo de las sábanas ajenas, los poros se conectan de literaria cohesión. Sé que estás en el desierto, en donde ya estuvimos, estás leyendo algo que aún no he escrito. Y aunque no volviste a mi carretera, ni salga yo a hacer ‘autostop’, no califica como error, en un trozo de eternidad vivimos. Deja en paz la conexión, sigue las letras, acepta lo que han sido, seguirás viviendo en ellas, tan pobrísimas y decadentes, pero son miradas a sonrisas y me siento vencedor.

Fuimos amantes.
Eternos.
Fuego y carne.
Comida y hambre.
(Y amor).
Un ‘fuimos’ que conjugamos en todos los tiempos.
En medio del documento que firmamos frente al destino: tú y yo nunca más.
Solo pudimos pactar en desventaja. ¡Vamos, venga azar!
Tú sin lengua y yo ciego, por eso en esta vida te toca esa sonrisa y a mí estos ojos.


El destino se enfurece, las luces se apagan y solo se escucha: ¡Firmad!

domingo, 18 de enero de 2015

Él

Él, siempre tan reservado, con un aspecto desconcertado que ahoga las palabras en mi boca. No me besa, no me toca, no es como los demás.

¿Y cómo son los demás? Me pregunto para variar. Pensamientos cortos y ganas grandes, de pelo corto y bocas grandes.

-¿Y él? ¿Cómo es él?
-Pues, veo que es lo contrario, pelo largo y finos labios. Camina apaciguado, como si las caderas pronto se le van a quebrar.
-¿Y las ideas?
- De las más grandes, las dibuja en todo el patio, las escribe, y las canta a guitarra. Parece un chico especial.
- ¿Lo digo por la guitarra?
-Me estoy dejando impresionar.
-¿El artista es el que canta o el que sabe tocar?
- Y ya hablando de tocar, ¿te has fijado en sus manos?
-Son ásperas y fuertes, siempre llenas de tiza y colores, los nudillos pintados.
-¿Te atreves hoy a hablarle?
- Sí, sí, hoy lo haré.
No,  no es cierto.
-¿Tienes miedo?
- Sí, de que se me peguen los labios.
-¿En los suyos?
-No, en los míos, que no pueda hablar.
- ¿Siempre tan cobarde?
-Siempre huyo, es normal.
- Te diré algo, no es artista quien solo canta, sino puede pensar. ¿Por qué no le dices acerca de lo que quieres hablar? Haz una carta, un dibujo, algo que no te pueda congelar.
-Tengo una gran idea, lo has hecho tú ya.


“Hola, soy yo. La de siempre, ¿recuerdas? La de tu cuadra, la del museo, la de la tienda, como una sombra…despeja mis dudas, ¿por qué me miras y nunca me tocas? Nunca hablas, sin embargo nunca callas tus palabras, que siempre cantan en tu guitarra, nunca callas tus ideas que por todos los patios van pegadas. ¿Qué te hace tan especial? ¿Cómo es que con tu silencio le das vida a los colores? ¿Cómo es que me tienes entre clamores, anonadada y devota, de tu mirada castiza? Eres la insulina de mis días de dulzura, pues me ahogo en el tormento de no escucharte hablar. Quisiera partirte la guitarra en la cabeza.”

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