miércoles, 30 de abril de 2014

El diván

No se cuenta como fruto prohibido si la fruta está madura y quiere caer del árbol.

Pues su  tiempo ha llegado, o solo han llegado las manos. Ésas que le hacen calentar el cuerpo, cual caricias de un amante empedernido, las que le rodean la cintura  y le miran con osadía, sabiendo que está prohibido. Haciéndole respirar su aliento mientras la fuerza de su sexo le golpetea con fuerza en la madera del diván, y no la puede besar, solo le muerde la boca, sabe que no la va a soltar, porque la tarde aún está azul. Afuera los árboles se llenan de humedad y las ardillas se escurren en ellos, como se le escurren las uñas en el sudor de su espalda mientras se llenan de estrellas y libertad los sentires. Y sé que eres tú la víctima de éste amante, que el deseo te aniquila, te gana todas las partidas, eres presa de mis redes, de mis sonrisas; te caliento la mirada así la nieve de ti se apodere. Eres tú, tú y tú, que por algo estás aquí,  porque te doy todo y no te vas, porque me dejas ser tu amante fugaz cuando en los sueños construimos un paraíso de letras, donde vivimos al compás de las rimas sin fulgor, modo tosco, sencillez, porque no se necesita nada más. Ni en esta vida, ni en la pasada, ni en ninguna en la que estés.

Lo azul se torna gris, es hora de partir. Esa misma noche, en cada lecho diferente, ambos recuerdan lo que sucedió en el diván. Pero solo es fruta que ha caído de un árbol torcido.


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