domingo, 23 de marzo de 2014

El ladrón del Oasis

El camino es vasto y sus ojos se llenan de inmensidad...

Las mieles de sus ojos se incrustan como navajas en el sendero verdoso y colmado de humedad, mientras ansía los encuentros de unos rizos negros, tan satinados, tan pletóricos de frescura, de brumas de mar, muy fría, más caliente. Mientras la noche lo acompaña, va sin dudas al lugar.

En el paisaje vacío arenoso del desierto, recuerda como aviva el viento, su voz y su cabello. Al llegar, se encuentra con la ausencia en medio de los árboles y su mente  se comprende como víctima de un hurto, el paisaje empieza a cobrar un peso muy amargo, tan vacío,  lleno de nada y la nada le pesa en las manos. De rodillas en la orilla, mira y siente, con sus ojos y su alma rasgada.

Le lastima la pesadez del ambiente turbio, atrapado en un tiempo que se detuvo cuando las hojas del oasis fueron quemadas en la hoguera por un pirata, quien navegando en el agua pura de un desierto, pudo conseguir en él,  tesoro en forma de ojos negros y piel brillante, más diamantes que en mil islas desiertas llenas de mapas enterrados.  Que en la pronunciación de sus labios acanelados, halló más piedras preciosas que en el mismísimo dorado y las pecas de su nariz recta, significaron más estrellas que Atacama. Y maldijo por siempre a aquel pirata, a aquél ladrón.

El cansancio le domina, la búsqueda sin tregua se vuelve pesada en sus hombros, y se deja dormir ante la luna, donde mora siempre el ladrón del oasis.

Tabernas, Ejpaña.

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