sábado, 18 de enero de 2014

Vaina de motolitos

Que era suave la tela y delicada al tacto, por la forma como se ceñía a su esbeltez, ya lo sabía. Ese trío de botones centinelas que me impedían perderme en la locura.

Preso de la sangre caliente y con la entrepierna dura, mis ojos no podían despegarse de semejante actitud que iban tomando sus labios. Tan poquito de sus blancos dientes que me dejaban ver, par de carnosos rojos…, besarles en un atardecer. Por una sonrisa me moría y más de prisa sin camisa la quería. Arrebatarle los botones y posar ahí, en el desierto de sus senos erectos, que son víctimas del frío.


Mientras yo los anhelo tras cinco metros sin que ella se percate, está leyendo un libro y en un descuido tira su agua, el mesonero va al rescate, yo finjo no mirarle, mientras escribo este párrafo, con calentura y poca arte. Ella se levanta, toma el libro, media vuelta y deja que la brisa la abrace. Sabe que se le ha subido el vestido, y yo solo, me pongo a mirar  a otra parte. 


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